Memorias de África II: Comités de Madres que salvan a niños de la desnutrición... y de paso a toda su comunidad

Segunda entrega del viaje a Senegal como Embajadora de UNICEF de la periodista y escritora Teresa Viejo, que nos lo cuenta en primera persona

por Teresa Viejo /


No puedes holgazanear en Senegal; el sol amanece temprano y los muecines llaman a la primera oración del día enseguida. Mal asunto si eres dormilón o dormilona. Para mí no es problema ya que la emoción es una culebrilla inquieta que abre mis ojos y me distiende el corazón.

Pasamos la noche en Kaolack, una ciudad sobre el río Saloum; a nuestro alrededor salinas, y en todas partes puestos con pieles, pescados y el rey de la agricultura senegalesa: el maní.

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El maní no cuelga de los árboles, está enterrado en la tierra (Foto: L. G. Castellanos/UNICEF).

¿Has visto alguna vez cómo se cultiva el cacahuete? Te confieso que lo imaginé colgando de algún árbol, pero no: es una pequeña planta que tapiza los campos y en cuyas raíces se guardan esas energéticas semillas. Luego se tuestan, se salan... y el final de la historia ya lo conoces.

Precisamente el cacahuete es parte del prodigio de hoy, aunque antes de contarte el motivo nos paramos en el centro de salud de Nioro, poseedor de una unidad de vacunación ejemplar. Allí nos recibe su director, Alassane Ndiaye, un “doctor Shepherd” de maneras dulces y una sonrisa cautivadora, quien después de alabar a sus grandes aliadas -las madres-, nos muestra los progresos en cifras de su programa de vacunación.

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El doctor Ndiaye, enseñándole a Teresa el centro de vacunación (Foto: BrunoDemeocq/UNICEF).

Lograr que los niños y las niñas cumplan a rajatabla el calendario de vacunas asegura el primero de sus derechos: registrarse, de lo contrario a instancias legales no existirían. ¿A que parece imposible alguien sin filiación en este mundo globalizado? Por desgracia se trata de niños olvidados para el Estado y condenados a ser pasto de las mafias de trata o la guerrilla. No sabes cómo me preocupa este asunto. ¿Te imaginas que tus hijos, hermanos, sobrinos, carecieran de un carnet? ¿Que su nacimiento no se inscribiera y no pudieran demostrar quiénes son? (En la región dónde se encuentra Senegal, tan sólo el 45% de los niños y niñas han sido registrados al nacer. En el mundo, 230 millones menores de 5 años tampoco).

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Todos hemos querido ser invisibles alguna vez porque los problemas nos abrumaban, pero pasar de la metáfora a la realidad es un drama. Por fortuna el bebé que acaba de vacunarse registra de inmediato su identidad.

Y un beneficio más: la vacunación permite vigilar su crecimiento. Sí, igual que sucede con tus hijos; pero aquí las comunidades están alejadas de los centros de salud hasta 30 o 40 kilómetros y sus familias, a veces, deben de realizarlos a pie.

En el centro de vacunación tomo a Khady en mis brazos. Es una muñeca de ojos encendidos que los abre como platos al descubrirme. Creo que se siente atraída por mi cabello -enmarañado por las ráfagas de viento arenoso, pero a quién le importa eso ahora-. Preciosa, con su gorro azul a juego con unas ropas de colores brillantes; y asombroso que ni se lamente ante el primer pinchazo de su vida.

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Teresa, con Khady, que se acaba de vacunar en el centro de salud de Nioro (Foto: BrunoDemeocq/UNICEF).

El Dr. Ndiaye nos despide anticipándonos lo mucho que vamos a disfrutar conociendo a las creadoras del Comité de Madres de la zona. Antes nos había explicado cómo desde 2010 se fue gestando la idea de una comunidad de mujeres que lucharan para salvar a sus hijos, la mayoría en las garras de la malnutrición. Así nació una fórmula de empoderamiento femenino con mayúsculas (pienso contar a todo el que se deje lo que hacen esas madres porque es admirable). Los Comités los forman mujeres en edad fértil de las aldeas, que se organizan con estructura ejemplar: presidenta, vicepresidenta, secretaria, tesorera...

Su función primera fue buscar soluciones para la desnutrición. El camino se lo mostró UNICEF enseñándoles a moler varios cereales dando lugar a una harina multi-vitaminada, que ahora ellas comercializan. Con el olfato de quien tiene que gestionar economías domésticas -bravo por esas madres dirigiendo sus casas como empresas- los comités van ahorrando de aquí y de allá, lo que les permite acopiar víveres para ayudar a las familias más necesitadas, comprar su propio molino, autofinanciarse... Y han terminado convirtiéndose en un grupo de acción que habla de tú a tú con los líderes religiosos y los políticos del lugar.

Esto me lo explican ellas tras un recibimiento en el que participan también las fuerzas vivas del pueblo. Juntas escenificamos la vigilancia a los bebés, personalizada en una de ellas –llamada “tía”-, quien acude choza por choza controlando la alimentación y el peso del niño –la báscula portátil colgada de un árbol es imaginativa y eficaz-, midiendo sus contornos para constatar que engorda, auditando las vacunas... En suma, los Comités de Madres forman parte del sistema de salud senegalés con todas las de la ley.

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Los Comités de Madres se organizan para producir y comercializar su harina y para controlar a los pequeños desnutridos (Foto: Mercedes García Ayuso).

En cuanto tomamos confianza nos cogemos de la mano y ya no nos soltamos. Allí, en ese círculo de tierra cubierto por alfombras y rodeado por el puñado de chozas de adobe y paja que forma el pueblo, reconozco que en nuestro mundo hay demasiado ruido. No nos dejemos engañar por él, no creamos las teorías catastrofistas que dan todo por perdido. Al contrario: todo está por hacer. Si estos grupos de mujeres lo han logrado, tú también puedes hacerlo. Cada gesto tuyo provoca otro y ese otro más, hasta desencadenar un tsunami de solidaridad y amor.

Prueba a sentir cómo se mueven las cosas cuando sonríes.

En el siguiente post vamos a vivir una experiencia única en una aldea de cuento. ¡No te lo pierdas, te espero en HOLA.com!

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