Memorias de África I: El milagro emocionante de los bebés aferrándose a la vida en Touba

La escritora y periodista Teresa Viejo nos cuenta en primera persona la etapa inicial de su viaje a Senegal como Embajadora de UNICEF

por Teresa Viejo /


Si entendiéramos que viajar es coquetear con la vida, no planificarla, emprenderíamos un feliz viaje cada vez que nos despertamos. ¡No sabes qué ganas de seducirte para que vengas conmigo! Hola.com me abre una ventana y yo, agradecida, te invito a acompañarme.

Antes te diré que, por encima de periodista y contadora de historias, soy una militante de la sonrisa. Mi fe en el ser humano me lleva a creer que el mundo es mejor si todos formamos una cadena y nos ponemos a ello.

Luego están los niños, claro. Los de aquí y los de allá. Los hijos de mis amigas, los que se cruzan conmigo porque el destino es así de listo, y quienes piden a gritos un poco de atención. Mi compromiso con la infancia me convirtió hace años en Embajadora de UNICEF. ¡Imagínate con qué ilusión preparaba hace días mi viaje para conocer sus proyectos!

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Teresa Viejo sostiene en brazos a un niño (Foto: BrunoDemeocq/UNICEF).

El lugar escogido ha sido Senegal y la primera enseñanza me la he llevado cuando, tras tres visitas anteriores, he comprendido lo poco que sabía del país. ¿No tienes a veces la sensación de ir de puntillas? ¿Que las prisas y esta vida loca de abarcar mucho y apretar nada nos condena a perdernos lo mejor? Nos sucede en las vivencias, las personas, y con nosotros mismos. Aprovecho para sugerirte que invertir en conocerte es de las mejores “pérdidas” de tiempo que podrías tener.

“No se te ocurra llevar mucho”. Hacen bien en avisar porque ese natural femenino de “por si acaso” termina creando panzas en las maletas. En el África Subsahariana solo son imprescindibles dos cosas: mangas largas -a pesar del calor- y repelente. No hay que tomarse a broma una picadura de mosquito; la malaria, aunque más controlada, continúa siendo una amenaza. UNICEF me lo pone fácil porque me ha uniformado: camisetas con su logo, una por día. Me conforta no pensar en el modelito; no me escondo detrás de ninguna prenda y me muestro a corazón abierto. Segunda enseñanza: tú eres lo que llevas dentro, nunca lo que usas por fuera.

Dakar es su capital. Una urbe afrancesada que está a un tiro de piedra de las Islas Canarias, lo que no quiere decir que te entiendan si hablas castellano. El idioma oficial es el francés, que convive con otros como el wolof, lengua en la que saludé a la luna llena y a sus Lu garup -fantasmas de la luna- que nos tutelaron durante el viaje. Qué espectáculo la sabana bajo su manto.

Antes de partir tuve oportunidad de conocer al embajador Alberto Virella, en nuestra Embajada, quien me trasladó una semblanza de lo que encontraríamos: un país aferrado a sus tradiciones en el ámbito rural, aunque en danza con la modernidad. Conclusión, Senegal no es Dakar. Exacto, ahí queríamos ir. Y allí fuimos las diez mujeres españolas que formábamos la comitiva de UNICEF, dispuestas no a enseñar... sino a aprender.

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En el hospital de Touba, alimentando a uno de los valientes bebés que luchan por salir adelante (Foto: BrunoDemeocq/UNICEF).

El primer objetivo es Touba, ciudad santa que alberga la tercera mayor mezquita del mundo, por tanto lugar de peregrinación del África occidental. La zona acusa uno de los más graves índices de desnutrición aguda de los niños, por ello visitaremos un hospital referencia a la hora de someterla.

Menudo atasco tenemos que sortear para dejar atrás Dakar. Este tráfico me recuerda al caos de El Cairo, o incluso Roma. Enseguida el verde nos envuelve, colándose por las ventanillas; estamos al final de la época de lluvias y, aunque nos respeta el cielo, la humedad es asfixiante. Tenemos por delante 200 kilómetros, pero en estas carreteras el tiempo se duplica.

Almorzamos de camino con mil precauciones, porque tomar un alimento sin lavar o beber agua no embotellada conlleva riesgos. ¿Nunca has pensado la de cosas que tendrías que modificar si el agua corriente entrañara peligro para tu salud? Piensa en asearte la cara o cepillarte los dientes, por ejemplo. ¡Buf!

Ahí reside parte del proceso para erradicar la malnutrición: extremar los hábitos de higiene, pues he comprobado cómo esas madres primerizas han tenido que aprender que su limpieza protege a sus hijos. Antes eran niños que desfallecían comidos por una diarrea mortal que nadie sabía frenar –la segunda causa de mortalidad infantil en los menores de cinco años-, ahora bebés mofletudos irradiando felicidad.

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Rodeada de pequeños con sus enormes sonrisas (Foto: BrunoDemeocq/UNICEF).

En el hospital de Touba Ndamatou nos espera la dirección médica para explicarnos su protocolos que, además de medicina, poseen mucha pedagogía. En síntesis los niños son vacunados, registrados y vigilados en centros de salud locales a los que acuden las madres de forma regular, pero cuando detectan un problema de gravedad son remitidos a este hospital. Será su última oportunidad.

Paseo por el conjunto de edificios y barracones de una única planta que lo forman, y me cruzo con grupos de mujeres cargando a sus bebés en brazos. Ellas, bellísimas, vestidas con sus trajes multicolor, sin miedo y llenas de esperanza. La vida es un canto de ritmos africanos y luz de puesta de sol. En cada esquina aparece UNICEF: antes de cualquier actividad, los usuarios del centro utilizan el termo de higienización de manos. La limpieza es salud.

Ha llegado el momento de entrar en la UVI del hospital -más doméstica de lo que estamos acostumbrados- llamada Centro de Recuperación y Educación Nutricional. “Vas a emocionarte, Teresa”. Me avisan. Y el corazón se frunce frente a esas madres acunando a unos renacuajos que no superan los cuatro o cinco meses y se aferran a la vida con los dientes no nacidos. Ellas parecen adolescentes, los niños sus juguetes. Cuando se repongan regresarán a sus casas y pasarán al cuidado ambulatorio, me aclaran. 

“¿Saldrán adelante, verdad?” “Por supuesto. Si llegan aquí se salvan, seguro”.  Hablo con ellas y les aseguro que todo va a salir bien, que lo sé. Ellas asienten. Me entienden, responden, y esto sí que es un milagro. Los Lu garup haciendo de las suyas.

Atrás queda el hospital de Touba rebosando vida. Emprendemos viaje hacia Kaolack, ¿me acompañas? ¡Te cuento todo en mi siguiente post!

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