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Marta Álvarez: 'Iba para bróker y me convertí en granjera'

Martá Álvarez propietaria de Granxa Maruxa

- Granxa Maruxa es una granja ecológica pintada de colores y donde la música es protagonista

 

- Desde 2010 producen 1.000 kilos de galletas artesanas al mes: las Maruxas de nata. 

 

 

El proyecto empresarial de Marta Álvarez Quintero (en el centro de la fotografía junto a su socia, Mercedes Guerreiro y una de sus empledas, Chus Formoso) comenzó a gestarse en el año 2000.

 

En resumen podría decirse que una vaca se cruzó en su camino y le cambió la vida pero sería simplificar las cosas porque no fue una vaca sino varias las que marcaron su futuro.

 

“Un día unas se escaparon unas vacas y aparecieron en la puerta de mi casa  -Marta pasaba unos días en el pueblo de su familia- las llevé yo sola al establo, me pareció muy fácil. Entonces me dije: pues me hago empresaria de la leche”.

 

Así fue como nació Granxa Maruxa y así fue como esta viguesa de 41 años, que iba para bróker, se convirtió en granjera.

 

Su historia, contada por ella misma, parece una fábula: hay reses melómanas, grelos con efectos milagrosos, una granja pintada de colores y, por su puesto, una moraleja.

 

Pero esto no es una fábula es la aventura de una emprendedora rural que ha conseguido sacar adelante su negocio con mucho trabajo y con altas dosis de imaginación.

 

Porque mucha imaginación y entusiasmo tuvo que poner esta licenciada en Empresariales, nacida y criada en la cuidad, para adentrarse en un sector, el ganadero, que le era totalmente ajeno.

 

Marta se hizo cargo de la explotación que sus padres tenían arrendada en la localidad lucense de Cumbraos y emprendió su transformación: “En siete días tuve que aprenderlo todo: a ordeñar, a usar el tractor...Empecé a hacerme con las vacas, a hablar con ellas. Utilicé mucho el sentido común”, nos dice.

 

Reconoce que al principio nadie quería trabajar con ella. En el pueblo hacían apuestas sobre cuánto tiempo duraría. “Ahora aquí me quieren muchísimo y me llegan curriculums desde Alemania y Francia”.

 

Eso sí contaba con el apoyo incondicional de su gente: “Mi familia me ayudó mucho: mis hermanos venían con amigos para ayudarme a pintar, a arreglar cosas….”

 

Transcurridos dos años y cuando todo comenzaba a rodar, Marta sufre el primer revés: las 25 reses de la explotación tuvieron que ser sacrificadas por un brote de tuberculosis.

 

“Hubo que empezar de nuevo con unas vacas holandesas que no me entendían- recuerda-. Fue un cachondeo porque dormía en el establo para adaptarme a ellas. Ten en cuenta que ahí estaban todos mis ahorros, mi futuro...”

 

Poco a poco, el negocio volvió a funcionar y Marta pudo cogerse sus primeras vacaciones en tres años: ”Fuí a París y allí me lo encontré todo decorado con motivos vacunos. Fue una iluminación”.

 

Cuando regresó decidió decorar la granja - la pintó de colores y colgó fotografías- y comenzó a poner música al ganado. “Pensé, todas las granjas son grises y eso acaba deprimiendo”.

 

Pero deprimirse no entraba ni entra en sus planes, a pesar de que la situación del sector lácteo -en el año 2000 en Galicia había 60.000 granjas, ahora hay 10.500- invite al desánimo.

 

En el 2007 se dió cuenta de que había llegado el momento de diversificar el negocio para poder sobrevivir: “La leche se paga cada vez a un precio más bajo, no cubres costes”, se lamenta.

 

Probó entonces con un huerto. Primero con pimientos, luego con habas y finalmente con grelos, pero fue un desastre. ”La suerte es que 'gracias' al esfuerzo físico que hice trabajando la tierra me rompí el menisco y estuve un mes en la cama”.

 

Llegó entonces 'el milagro de los grelos', aunque más que un milagro es una nueva revelación. “Tuve una iluminación: tenía que hacer galletas, como las que hacía mi abuela” recuerda con entusiasmo.

 

Compró toda la maquinaria por internet y junto a la que desde entonces es su socia, Mercedes Guerreiro, comenzó a elaborar de manera artesanal unas pastas ecológicas: las Maruxas de nata.

 

En la actualidad, producen 1.000 kilos de galletas al mes y cuentan con 170 puntos de venta en toda España. “Es una auténtica historia de amor entre el cliente y nosotras – nos cuenta- porque no tenemos intermediarios. Nuestra filosofía es trabajar con los pequeños comercios”.

 

En 2012, Marta recibió por segundo año consecutivo el premio nacional que el Ministerio de Agricultura concede a la mujer rural emprendedora.

 

Reconoce que no ha sido fácil, que ha habido momentos muy duros: “Recuerdo un día que se me escaparon las vacas, yo estaba desesperada, tirada en el suelo. Llegó mi madre y me dijo: hija acabarás dando clases en la Universidad”.

 

Y así ha sido, Marta da conferencias en las que explica su experiencia empresarial. Cuenta como transformó su granja en un "lugar idílico", como ella misma lo define. Un lugar donde la maquinaria se distribuye siguiendo los dictados del Feng Shui, donde hay fotos decorando el establo y donde viven 52 vacas que escuchan a Mozart y a Fangoria.

 

 

 

 

 

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