Elena Barraquer nos cuenta su labor solidaria en África

Elena Barraquer

 

- ‘La satisfacción de poder ayudar a alguien no tiene precio’

 

- ‘En África hacemos unas 30 operaciones de cataratas cada día’

 

Lo personal y lo profesional se entremezclan en la vida de Elena Barraquer, porque esta cirujana, nieta, hija y hermana de oftalmólogos, ha convertido su oficio en una pasión a la que dedica todas sus energías.

 

De hecho, desde su regreso a Barcelona, donde vive tras haber residido durante años en Estados Unidos e Italia, compagina el trabajo en el Centro de Oftalmología que fundó su abuelo con su labor en la Fundación Barraquer, cuyo objetivo es tratar los problemas de visión de personas sin recursos en países en vías de desarrollo.

 

Desde la creación de la Fundación en el año 2003, Elena y su equipo han organizado más de 40 expediciones oftalmológicas a diferentes partes del mundo, fundamentalmente en África aunque también han viajado hasta la India. 

 

 - Junto con su hermano el Dr. Rafael Ignacio Barraquer, forma la cuarta generación de una importantísima saga de oftalmólogos. ¿Siempre tuvo clara su vocación o en algún momento pensó en dedicarse a otra cosa?  

Desde pequeña, animada por el entusiasmo por la oftalmología que se respiraba en mi familia, siempre quise ser médico. Cuando estaba terminando la carrera me atraía la medicina interna, me parecía que en este campo, llegar a un diagnóstico era como hacer un trabajo detectivesco. Las enfermedades oculares, nunca mejor dicho, están a la vista. Un internista necesita más “pistas” para averiguar el problema. Pero enseguida me di cuenta que habría sido una tontería por mi parte no aprovechar la oportunidad que me brindaba la vida y seguir la tradición familiar. ¡Estoy encantada de haberlo hecho!

 

- Creció dentro de la clínica de su padre, rodeada de oftalmoscopios, oftalmómetros, ¿cuál es su primer recuerdo infantil asociado a la profesión?

Mis padres siempre han vivido en un piso dentro de la misma clínica. En aquella época, como también ahora, venían a visitarse muchos pacientes árabes. Recuerdo, al regresar del colegio, atravesar las salas de espera y ver cantidad de hombres enfundados en túnicas de colores. ¡Parecían los Reyes Magos!

 

- Siendo muy joven, abandonó España para investigar y estuvo muchos años trabajando fuera, ¿qué le diría a los jóvenes investigadores españoles que ahora mismo ven la emigración como la única salida?  

Hace 35 años, la investigación estaba mucho más desarrollada en Estados Unidos que en España, cosa que ahora, me enorgullece decirlo, ya no es así. Para mí fue una oportunidad increíble, que condicionó tanto mi vida personal como profesional, dándome una competencia que me ha servido a lo largo de toda mi carrera. Yo animaría a todos los jóvenes a aprovechar todas las oportunidades que se les presenten. Pero también les pediría que, antes o después, vuelvan a casa y traigan sus nuevos conocimientos. Así contribuirán al desarrollo socio-económico que en este momento tanto necesitamos.

 

- ¿En algún momento ha tenido la sensación de que todo era más complicado por el hecho de ser mujer?

En el mundo en que vivimos todavía mandan los hombres, sobre todo en los países menos desarrollados. Y digo todavía porque estoy convencida que dentro de unas cuantas generaciones ya no será así. Pero yo particularmente nunca me he sentido subestimada, siempre he sabido hacerme valer. ¡Además soy muy mandona y testaruda, por lo que suelo conseguir lo que quiero!

 

- Tiene dos hijos, no sé si ellos seguirán la tradición familiar 

Stefano, mi hijo mayor está estudiando medicina y cree que le gustaría ser oftalmólogo. Ha venido conmigo en varias de las expediciones de la Fundación Barraquer a África, ayudando dentro y fuera de quirófano. Ha visto la satisfacción que representa el devolver la vista a alguien que lo necesita. No sería pues raro que decidiese continuar la saga. Rodrigo, el más pequeño, es un apasionado de la música y quiere ser disc-jockey.

 

- Precisamente quería preguntarle por la Fundación Barraquer que usted creó en el año 2003 junto a su hermano y su padre ¿cómo surge la idea y por qué?

La Fundación Barraquer es una prolongación de la obra social que instauró ya mi abuelo al inaugurar la Clinica Barraquer en 1941.  En aquella época el edificio tenía dos puertas, la de la clínica y la del dispensario, donde la gente sin recursos recibía el mismo trato dado por los mismos médicos. Con la venta en 2003 de un Mercedes Benz de mi abuelo, modelo del que sólo se habían fabricado 3 coches, decidimos ampliar esta acción a las personas necesitadas en los países en vías de desarrollo. Actualmente llevamos a cabo unas 8 expediciones al año.

 

- Su labor en la fundación no es de relaciones pública, usted trabaja “a pie de obra”. Puede contarnos en que consiste ese trabajo.

En cada expedición intentamos operar de cataratas, causa número uno de ceguera en el mundo, al mayor número posible de pacientes. Esto conlleva trabajar de sol a sol durante la semana de estancia en el país que nos acoge. ¡Y en condiciones muy primitivas! Lo primero que hacemos al llegar a un nuevo destino es arremangarnos, coger cubos y bayetas y fregarlo todo. Algunos de los “quirófanos” donde hemos operado no tenían ni tela metálica en las ventanas ni un taburete para sentarnos…sin hablar de las interrupciones por cortes de luz. Varias veces he tenido que acabar una intervención ¡alumbrada con linternas! Pero todo este esfuerzo vale la pena y los inconvenientes se olvidan al ver las sonrisas de los pacientes cuando recuperan la visión.

 

- ¿Recuerda su primera operación en África?

¡Y tanto! Fue en Marzo del 2005. Había viajado solo con Nacho, nuestro anestesista y Mevi, la instrumentista. Entre los tres hacíamos el trabajo que ahora, mejor organizados y con más experiencia, hacemos entre seis personas. Los instrumentos y aparatos que teníamos eran antiguos y menos eficaces que los actuales. En 48 horas montamos y desmontamos el quirófano y operamos a 9 personas…nos pareció todo un récord… ¡Ahora hacemos unas 30 cataratas cada día!

 

- ¿Me podría contar alguna experiencia de las que ha vivido en ese continente que le haya impactado especialmente?

El pasado septiembre viajamos a Mozambique para trabajar en Boane, una población a dos horas de la capital. Allí tuvimos ocasión de tratar a un anciano taciturno, a quien apodamos “Rocky Balboa” porque como abrigo llevaba un batín, ciego por cataratas. Al perder la visión, su familia le había abandonado por ser una carga mayor de la que ellos podían soportar. Al quitarle las cataratas se convirtió en otro hombre: su sonrisa desdentada nos llegó al corazón.   

 

- A nivel humano, ¿qué le aporta su trabajo en la fundación que no le de su trabajo en la clínica?

Yo siento pasión por mi trabajo y disfruto con mis pacientes, tanto en Barcelona como en las expediciones. Pero la satisfacción de poder ayudar a alguien que, sin mi presencia en su región no habría tenido acceso a mejorar su salud visual no tiene precio. En la mayoría de estos casos, no sólo le devolvemos la vista sino que con ella le devolvemos la dignidad y la posibilidad de volver a ganarse el pan para mantener a su familia.   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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